Se suele decir que la política es el arte de hacer posible lo necesario. Pero en mitad de este fuerte vendaval que es la crisis económica que estamos padeciendo muy especialmente en España, me atrevo a decir que la política debería tambien parecer el arte de hacer necesario lo posible.
Me explico. Vivimos tiempos de desilusión política. Lógico. El ciudadano de a pie no puede sino sentir indiferencia hacia los poderes públicos cuando de estos sólo se respira mentira, ocultación, corrupción e hipocresía. Desde el PP hasta el PSOE, sin exclusiones. Y creo que ese panorama debería ser recompuesto. Que ese maldito cáncer debería ser extirpado cuanto antes si nuestras élites políticas no quieren terminar de perder la escasa credibilidad de que aún gozan. Si aplicamos un mínimo de sentido ético y profesional, creo, ese cambio es posible. Otra cosa es que haya voluntad de mitigar los síntomas de esa grave enfermedad. Se trata, por tanto, de hacer urgente algo perfectamente factible.
Pero, ¿por qué es necesario? Por una sencilla razón: ¡porque los ciudadanos –los que aún disfrutamos de independencia crítica- estamos hartos de que no se nos diga la verdad, de que se improvise, de que la política no sea tanto el resultado de un programa con una visión nacional de conjunto como una lucha partidista por el poder!. No se puede tolerar que en el PP algo huela a podrido y nadie haga nada. Y no se puede permitir que nuestro queridísimo presidente del Gobierno nos asegure en julio que no subirá la presión fiscal y diseñe después unos presupuestos donde los impuestos incrementados (más planos y proporcionales que progresivos) correspondan a los impuestos indirectos, es decir, los que pagamos todos los españoles, de clases altas, medias y bajas sin distinción.
Y es que este Gobierno nos está tristemente acostumbrando a la mentira. Aunque a veces no sé si, pobrecito, miente a conciencia, o en su afán por improvisar, simplemente se autoengaña. El caso es que las cuentas no le cuadran, la deuda pública es cada vez mayor, y ante ese desolador panorama, los principios políticos se echan por la misma borda que las promesas realizadas. Pongamos un ejemplo preocupante.
Sostenía José Luis Rodríguez Zapatero en su discurso de clausura al 37 Congreso del PSOE el 6 de julio del pasado año (esto es, después de las elecciones) que pese a los momentos complicados que se avecinaban, el gobierno socialista iba a implicarse en la elaboración de “reformas decididas que aceleren el cambio de nuestro modelo productivo, invirtiendo a un fuerte ritmo en infraestructuras y en innovación”. Y sostenía, más recientemente, el pasado 9 de septiembre, que “ahora tenemos la oportunidad de acentuar y rentabilizar el esfuerzo” realizado en los últimos años en materia de Investigación, Desarrollo e Innovación.
Pero, ¿qué ha ocurrido finalmente? Que nuestro presidente nos ha vuelto a engañar, no ya no incrementando en los presupuestos de 2010 la inversión en I+D+i (por cierto, hay que agradecerle que desde 2004 se haya triplicado la inversión en esta materia respecto de los gobiernos anteriores del PP), sino recortándola hasta en un 3%. Y es que Zapatero debe ser como la sociedad española de la que hablaba el filósofo español Xabier Zubiri: “tiende a confundir, en el orden de la actividad intelectual y operativa, lo urgente y lo importante”. Incluso aunque lo urgente y lo importante sea en buena medida, en esta ocasión, la misma cosa.
La realidad a la que nos enfrentamos es muy triste. O al menos esa es la percepción que yo tengo. Porque esa falta de inversión se une a un hecho evidente: que en España tenemos una Universidad mediocre, que no ocupa puesto alguno de privilegio en las clasificaciones internacionales de calidad; una Universidad que no está a la altura que le correspondería según los parámetros socio-económicos de la octava potencia económica del mundo, y que adolece de numerosas carencias. Cuando ahora se habla de un Pacto por la Educación, del Plan Bolonia, miren: lo que nos hace falta es una modificación profunda en nuestros planes académicos, ya obsoletos. Lo que urge es crear unos planes de enseñanza verdaderamente productivos, exigentes con el alumnado, y dejar de expedir títulos a licenciados desorientados y sin inquietudes (y no son los alumnos quienes tienen la culpa de ello, sino docentes, administrativos y políticos). Pero ese es otro tema, que aun agravante de la cuestión que nos ocupa, merecería otro artículo.
Volviendo por tanto al ejemplo planteado, hay que reseñar finalmente que nuestro Gobierno peca de no poseer un proyecto firme capaz de combatir con políticas activas la recesión económica y capaz de cambiar el patrón de crecimiento. Y la gravedad del asunto se encuentra precisamente en que parece que ni él mismo se cree que el verdadero cambio productivo pase por incrementar la inversión en I+D+i. Por lo menos así lo termina demostrando en los hechos (llámense presupuestos). Y es que a este gobierno, como a esos españolitos de Unamuno, que dicen que son más felices cuanto más ignorantes, da la impresión que también debe faltarle fe en la cultura. ¡Qué triste!.
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