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9 de febrero de 2010 - Núm. 1455
 

El mundo de las letras llora a Francisco Ayala

Este martes, 3 de noviembre, el mundo despedía a uno de los mayores literatos que ha dado nunca este país.

Alfonso Manjón

3 de noviembre de 2009

Sostenía José Luis López Aranguren en Crítica y meditación que normalmente “se canta lo que se pierde”, y que “de aquellos que se han separado para siempre de nosotros ya no hablamos sino bien [ya que] la ausencia, lo mismo que la muerte, cuando no termina con el amor, lo acendra y acrece, lo recubre con una pátina de idealizadora nostalgia”.

Bien. Yo no pretendo con este artículo hacer mera hagiografía de una persona admirada y respetada unánimemente en el mundo de las letras. La Historia, por sí misma, se ha encargado y seguirá ocupándose de ello. Yo simplemente quiero llevar, agradecido, la memoria de Francisco Ayala al lector. Y lo hago impotente, lo juro. Porque a veces la admiración anuda nuestras cuerdas vocales, entumece nuestros dedos y no nos deja expresarnos bien. Y lo hago impotente también porque estoy seguro de que el mejor tributo con que pudiera agradecer todas sus lecturas, no es escribirle este adiós póstumo, este réquiem vacío, este pobre escrito post mortem; sino seguir leyéndole –que, sin duda, lo haré-.

Decía el literato granadino que “la biografía de un escritor son sus escritos mismos [ya que] en ellos se encierra el sentido de su existencia”. Que él ya no podía renunciar a lo que había sido y a lo que había dicho, porque eso mismo había constituido su vida, porque ésa había sido la forma que había envuelto su existencia. Si nos atenemos a esa sabia afirmación, el paso del recién fallecido por el mundo ha sido [firmo las anotaciones de H. A. Murena] “una lucha serena, desilusionada e implacable contra la ignominia de la adaptación, del acostumbramiento a un mundo inhumano”.

Francisco Ayala fue un hombre que se hizo a sí mismo. El prototipo formal de un self-made man. Un hombre sin fronteras. Un español que se enorgullecía de la tierra que lo vio nacer, pero que aseguraba, sobre todo en su exilio, no haber sufrido nostalgia de España, puesto que “ni antes ni después [aseguraba] me ha afligido nunca ese patriótico dolor que en tantas ilustres almas arranca quejas magnificadas por una espléndida retórica”.

Sociable, aunque introvertido y solitario (como solía autorretratarse) siempre miraba hacia delante: escéptico, luchador, crítico, valiente y con coraje. Él mismo afirmaba no ser una de esas personas “propensas a cerrar los ojos frente a sus interiores abismos, pues, al revés, estaba siempre dispuesto a asumir los más indigestos manjares que la vida le ofrecía, resignándose así a aceptarse tal cual era [sic]”. Incluso en la esfera pública.

Personalmente creo que si algo había de admirable en él era su defensa del intelectual como crítico independiente respecto a un poder sansónico pero zampón y de ropas harapientas. Desconfiaba de todo lo que oliera a compromiso ideológico-partidista. Y estaba convencido -¡con qué titánica razón!- de que “el poder [¡paradojas de la Historia!] quiere gente vulgar”, maleable, maleante. Así, Francisco Ayala abanderaba la crítica como emblema personal, como alma mater de la humanidad. Y pensaba –ya digo que con muy admirable razón- que “el compromiso debe establecerse con uno mismo y con la realidad en que vivimos, pero no con el ideario de un partido [ya que]el intelectual al que le dictan lo que ha de pensar abdica de su condición intelectual”. El legado que de esa actitud se desprende es un bien, no sólo esperable, sino digno. Ojalá muchos estudiaran ese legado y aprendieran de esa actitud.

Y digo que ojalá lo hicieran porque de lo contrario no le quitarán la razón a nuestro literato cuando confesaba que le horrorizaba el presente. Y no le quitarán la razón cuando en mitad de un panorama que a él le resultaba, en ciertos sentidos bastante esperanzador, aunque en definitiva desolador, opinaba con vehemencia que “el contacto con la realidad disipa muchas veces las figuras fraguadas en la mente”.

Para que se recoja ese testigo en tiempos tan confusos y deleznables (llámese enchufismo, adventismo, corrupción o fidelidad ascensionista) dispondremos siempre de su voz. De la voz de quien dijo estar siempre a la disposición de las sorpresas. Pues bien: si la vida le agradeció todo lo que nos ha dado con muchos años de vida, la muerte -que nos lo ha robado, que lo ha llevado para siempre a nuestro recuerdo- le ha sorprendido este 3 de noviembre de 2009.

Descansa en paz.

 
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Por Alfonso Manjón

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