Seguramente tengan ustedes razón y yo no sea otra cosa que un fascista integral, de esos del bigotillo y el pelo (escaso) engominado hacia atrás. Quizá sea esa la clave que hasta el día de hoy me ha faltado para entenderme, para profundizar en eso del autoconocimiento. A la luz de la verdad, tengo que confesar que he revisado mi armario y he encontrado múltiples prendas azules, lo que evidentemente tiene mucho que ver con mi añoranza de tiempos mejores y azuladas camisas. Además, durante años pensé, inocente de mi, que mis ronquidos solo se debían a una mala postura y ahora descubro horrorizado que reproducen estrofas completas de himnos falangistas. A pesar de todo hay oscuras facetas de mi persona que aún me desconciertan. Tendré que seguir investigando porqué me molesta tanto el sol cuando me da en la cara, pero seguramente sea un trauma infantil no relacionado con este asunto.
Aprovechando que los tribunales aún no me han cazado voy a profundizar brevemente en un tema que apasiona a los presentes: los nacionalismos y su vertiente regional. Antes de que se me acuse de no saber de lo que hablo y de despreciar los tropecientos mil datos veraces a favor de cualquier cosa, advierto: voy a resumir. No creo que debamos meternos ahora a debatir sobre cada una de las innumerables fuentes medievales, modernas o arqueológicas, que podamos utilizar para lanzarnos a la cabeza.
Por empezar por el principio, la nación como hoy la entendemos es a grandes rasgos un invento decimonónico francés. Antes de la Revolución Francesa, esa llena de fascistas con guillotina, podemos hablar de Reinos, de Coronas, de cultura… de lo que ustedes quieran; pero no de naciones modernas y autoconscientes. Trasladando eso al solar ibérico, por mucho que algunos quieran rastrear su árbol genealógico en las crónicas de Estrabón o Ptolomeo, o emparentar con Hércules por la línea materna, la desgraciada realidad es que si tenemos que apostar fuerte por alguna realidad histórica (desgraciado palabrejo este) esa será sin duda Hispania, o el nombre correspondiente en cada etapa histórica. Esa Hispania prerromana de las colonias fenicias y griegas, o esa Hispania habitada por vettones, vacceos, carpetanos, etc…; o esa Hispania visigoda de los concilios… En definitiva, la Hispania esa que estuvo llena de fascistas antes de que a Cesar le dieran las del pulpo. Esta existencia, ojo que esto es importante, no significa que fuese una nación moderna, que todos tarareasen el himno nacional o que se tatuasen la rojigualda en el pecho; significa únicamente que propios y extraños consideraban que por aquí andaban sueltos una serie de tipos que formaban un conjunto cultural, entendiendo cultura en su sentido más amplio. La nación vendría después.
Pero me he desviado. Con la nación vendrían los nacionalismos. Algunos nacionalismos, como el italiano o el alemán del S. XIX, tendrán un carácter aglutinador; otros, como la mayoría de los que actualmente subsisten, tienen el sentido contrario. Nacen de la exaltación de las diferencias, de la negación de lo común. Y en este punto llegados a España, Castilla y León, comienzos del siglo XXI. A nadie se le niega, faltaría más, sentirse o identificarse con su pueblo, su región, o su zona. Otra cosa es que esa identificación nazca de la negación aprovechada de la historia común, de la realidad común o de la realidad a secas. Otra cosa, y muy distinta, es que alzados sobre el campanario de la Iglesia del pueblo pensemos que todo aquello que no vemos nos es ajeno, extraño y amenazante.
La Comunidad Autónoma de Castilla y León no es una unidad de destino en lo universal, ni su Imperio es el camino más corto hacia Dios. Es una simple entidad administrativa del Estado Español, España por abreviar, diseñada con pretensiones historicistas fruto de la unión de varias provincias, que no vienen a ser otra cosa que una división administrativa dibujada en el S. XIX con pretensiones historicistas. Pretensiones historicistas que tienen tanto de histórico como El Señor de los Anillos y que han provocado serios dolores de cabeza desde que aparecieron sobre la mesa de los padres constituyentes, alguno de los cuales todavía tiene pesadillas con esos artículos 2 y 143 de la Constitución.
Esta unidad administrativa es debatible, como otras tantas, pero lo que no es admisible es que este debate se asiente en argumentos falsos o interesados, que por mil veces repetidos se han convertido en verdad dogmática. Esto vale para Castilla y León, para España y para Murcia. Si alguien cree que la autonomía no funciona está en su derecho de pensarlo y de defender otras organizaciones administrativas siempre y cuando se utilicen argumentos razonables. Por si alguien tiene alguna duda, el victimismo no es un argumento razonable. Si la única razón de la pobreza del oeste es su leonesismo histórico, la opresión castellana de la realidad leonesa; Soria, Palencia, Segovia y Ávila deben ser ultraleonesas. Y por si las moscas, el etnicismo, el racismo y otras tonterías prebélicas similares tampoco son un argumento defendible. Eso del espíritu sumiso castellano huele a Aranismo decimonónico de aquí a Móstoles.
El nacionalismo y el regionalismo, de aquí y de allí, nace de la suma de las necesidades, pensamientos románticos e intereses particulares - normalmente poco claros - y se reproduce dividiendo al pueblo entre nosotros y ellos, aunque para trazar esa línea se necesite infinita imaginación.










